EL OJO EN LA SOMBRA, Los Illuminati, la masonería y el Nuevo Orden Mundial
Un ensayo sobre la desconexión colectiva de la realidad
Inhar Goienetxea Cereceda
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Guerras, genocidios, hambre, explotación, destrucción del planeta y vidas sacrificadas por dinero, banderas, religiones y conceptos abstractos. Nada de esto es ajeno a nuestra especie.
Nos llamamos humanos como si esa palabra demostrara automáticamente compasión, equilibrio y superioridad moral. Sin embargo, basta con observar nuestros actos para descubrir una contradicción difícil de ignorar.
La especie no-humana esquizofrénica cuestiona la imagen idealizada que la humanidad ha construido sobre sí misma. No analiza únicamente a dirigentes, empresarios, ejércitos o instituciones. Señala una estructura mucho más incómoda: el sistema no está separado de nosotros. Lo alimentamos, lo obedecemos, lo reproducimos y encontramos argumentos para justificarlo.
El libro propone que la característica más representativa de nuestra especie no es la razón ni la bondad, sino la capacidad de alejarnos mentalmente de la realidad y convertir nuestras propias ficciones en fuerzas superiores a la vida.
«Una especie que no es capaz de mirarse sin mentirse está condenada a seguir destruyéndose mientras se llama a sí misma civilizada.»
Este libro no busca consolar al lector. Busca desmontar el relato mediante el cual la humanidad se absuelve antes de examinar sus actos.
El ser humano posee una capacidad extraordinaria para crear símbolos, relatos, instituciones y mundos imaginarios. Esa capacidad permitió desarrollar cultura, lenguaje, civilizaciones y tecnología.
Pero también produjo un peligro: las construcciones mentales dejaron de estar al servicio de la vida y comenzaron a gobernarla.
El dinero, las fronteras, las patrias, las religiones, el estatus, el éxito, la productividad y el poder no existen del mismo modo que existen un cuerpo, un río, un bosque o una persona herida. Sin embargo, la humanidad sacrifica constantemente realidades vivas para proteger esas abstracciones.
Ahí aparece la desconexión: cuando el símbolo se considera más importante que aquello que debería representar.
Guerras y exterminios organizados alrededor de territorios, símbolos, identidades, creencias y relatos políticos.
Sistemas que crean ciclos de miedo, pobreza e inseguridad mientras presentan sus consecuencias como inevitables.
Una especie que destruye el entorno del que depende mientras denomina progreso al proceso.
La acumulación de objetos como sustituto del sentido, la seguridad, la identidad y la conexión humana.
La paradoja de una inteligencia capaz de fabricar herramientas que terminan debilitando sus propias capacidades.
Acumulación, control y poder como respuestas a una inseguridad que ninguna cantidad de riqueza consigue calmar.
La palabra humanidad suele utilizarse como sinónimo de compasión, respeto y cuidado. Decimos que alguien actúa con humanidad cuando ayuda a otra persona.
Pero la misma especie que utiliza esa palabra organiza guerras, produce armas, explota poblaciones, tortura, contamina y destruye ecosistemas completos.
Si una palabra describe únicamente nuestras mejores excepciones, pero no refleja el comportamiento general de la especie, entonces quizá no sea una definición, sino una forma de propaganda sobre nosotros mismos.
El libro plantea una pregunta incómoda: ¿y si la palabra humano no describe lo que somos, sino aquello que nos gusta imaginar que somos?
Llamamos salvajes a los animales, aunque normalmente matan para alimentarse, defenderse o sobrevivir.
Los animales no construyen campos de exterminio, no bombardean ciudades por banderas, no fabrican armas capaces de destruir el planeta ni convierten la humillación en espectáculo.
La violencia humana no es solamente instintiva. Puede ser planificada, industrializada, administrada y presentada mediante discursos respetables.
Diagnóstico de la especie: qué somos, cómo hemos construido una imagen idealizada de nosotros mismos y por qué la desconexión de la realidad aparece como rasgo central.
Síntomas colectivos: violencia irracional, crisis organizadas, autodestrucción, consumismo, dependencia tecnológica y fragilidad futura.
Origen: civilización, religión, obediencia, domesticación social y sustitución de la realidad directa por estructuras simbólicas.
Involución: pérdida de autonomía, predominio de la mediocridad, selección social y aceptación colectiva de explicaciones mágicas o simplificadas.
Avaricia: individualismo, egoísmo, acumulación y retroalimentación de un sistema que recompensa la desconexión.
La ilusión final: la normalidad como mecanismo que consigue que una sociedad destructiva se considere racional y civilizada.
El término no se utiliza para diagnosticar clínicamente a cada individuo de la especie. Se emplea para describir una separación colectiva entre la realidad material y los relatos que gobiernan nuestra conducta.
Sabemos que una guerra destruye vidas, pero la justificamos mediante una bandera. Sabemos que el planeta tiene límites, pero defendemos un crecimiento económico infinito. Sabemos que el dinero es una construcción humana, pero permitimos que determine quién come, quién vive y quién recibe ayuda.
La fractura aparece cuando se ve el daño y, aun así, se continúa obedeciendo a la ficción que lo produce.
Resulta cómodo afirmar que el ser humano es bueno y que una entidad externa llamada sistema lo corrompe.
Este libro rechaza esa absolución. Los sistemas existen porque millones de personas participan en ellos, los sostienen, los defienden o guardan silencio mientras producen resultados que supuestamente condenan.
Cada persona puede pensar que su participación es demasiado pequeña para tener importancia. Una firma, una compra, una orden, un voto, una mentira o una obediencia parecen insignificantes cuando se observan por separado.
Pero millones de pequeñas participaciones construyen estructuras enormes. La responsabilidad se diluye entre individuos, aunque las consecuencias permanezcan completas.
La especie humana utiliza su inteligencia para transformar el mundo, pero muchas de esas transformaciones terminan debilitando las condiciones que hacen posible la vida.
Se contamina el aire para producir más. Se destruyen ecosistemas para sostener el consumo. Se agotan cuerpos para mantener la productividad. Se sustituye el vínculo por pantallas y después se venden soluciones contra la soledad.
El progreso deja de ser progreso cuando aquello que supuestamente mejora la vida comienza a destruirla.
La avaricia no aparece únicamente como deseo de tener más. Puede entenderse como miedo permanente a no disponer de suficiente dentro de un mundo que se percibe como hostil.
Cuando los vínculos se rompen, el individuo se repliega. Cuando deja de confiar en la comunidad, comienza a priorizar su seguridad. Cuando la seguridad no llega, intenta acumular dinero, propiedades, poder y control.
Pero ninguna cantidad elimina la inseguridad interna. La acumulación continúa y el sistema recompensa precisamente a quienes mejor reproducen esa lógica.
De esta forma, la avaricia es consecuencia de la desconexión colectiva y, al mismo tiempo, uno de los mecanismos que la mantiene activa.
No ofrece un culpable externo que permita al lector sentirse inocente.
No presenta a la humanidad como una especie esencialmente bondadosa que solo necesita corregir unos pocos errores.
Obliga a examinar la contradicción entre lo que proclamamos y lo que aceptamos, financiamos, compramos, justificamos y reproducimos.
Inhar Goienetxea Cereceda escribe ensayos, manuales y obras de crítica social centradas en la conducta humana, la organización colectiva, las contradicciones de la civilización y los mecanismos mediante los cuales una sociedad termina normalizando aquello que la perjudica.
La expresión “esquizofrenia colectiva” se utiliza en esta obra como concepto filosófico y social para describir la separación entre las construcciones mentales de la humanidad y sus consecuencias materiales. No sustituye una definición clínica ni pretende diagnosticar individualmente a personas con esquizofrenia.
Un ensayo directo para quienes están dispuestos a observar a la humanidad sin el filtro tranquilizador de la superioridad moral.
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